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lunes, 23 de septiembre de 2013

La Masacre de los Fogel

Víctimas de la guerra sin cuartel declarada por los palestinos y el mundo musulmán en general, la Familia Fogel fue uno de los tantos blancos de un odio que parece ir creciendo como una bola de nieve
Viernes 11 de marzo del año 2011, alrededor de las 10 y 30 de la noche, la familia Fogel, ciudadanos israelíes y colonos judíos en la localidad de Itamar, se encontraban en la tranquilidad de su hogar.

Hacía ya varias horas que había comenzado el shabbat, el día de descanso que Dios manda cumplir escrupulosamente y que paraliza a todo el país, y la cena había sido la ocasión para estar juntos en un ambiente de oración y reflexión.

Sin embargo, en medio de esa noche fría y tranquila habría de dar paso a una tragedia de la que todavía no termina de reponerse el pueblo israelí. Aprovechando el camuflaje de la oscuridad, uno o dos árabes –palestinos si quiere llamarlos así– burlaron la verja de seguridad que rodea a Itamar e ingresaron al asentamiento que, por lo general, tiene una extrema seguridad.

La estación de monitoreo ya había detectado una señal extraña y se envió a dos colonos para verificar si había algo sospechoso. No lo había... aparentemente, ya que la verja se encontraba intacta lo que hizo suponer a los vigías que se trataba, como en ocasiones anteriores, de algún animal o el mismo viento lo que hizo activar las alarmas.

No obstante, dos intrusos habían logrado pasar, con los rostros cubiertos con pasamontañas los palestinos ingresaron a dos viviendas. En la primera no encontraron nada, pero en la segunda vieron una oportunidad de oro para mostrar su bestialidad y su violencia. 

Ingresando cuarto por cuarto, los terroristas procedieron a liquidar a cada integrante de la familia Fogel con apenas unos cuchillos con los que apuñalaron y degollaron a los colonos.
Los palestinos no solo mataron al padre, Udi de 36 años, y a la madre, Ruth de 34 años, sino que asesinaron con gran brutalidad tres de sus hijos: Yoav de 11 años, Elad de 4 años, y Hadas de apenas tres meses de nacido. Todos quedaron esparcidos en sus cuartos, encima de sus camas y bañados en sangre para protagonizar una de las perores masacres que ha sufrido Israel en los últimos años.

Los cuerpos permanecieron por más de 12 horas encerrados en la casa hasta que pasado el medio día del sábado. Tamar, la hija de 12 años, que había dormido fuera de casa por unas actividades juveniles, descubrió con horror cómo su familia había sido asesinada.

Cuesta imaginar el trauma que se llevará hasta el final de sus días esta adolescente que, en un intento en vano, quiso despertar del sueño eterno a sus progenitores o trató de reanimar al bebé que yacía al lado del cuerpo de su padre con el llanto y el dolor todavía reflejado en su pequeño rostro. “Aba” (padre), “Ima” (madre), gritaba la pequeña Tamar, quien en medio del dolor tuvo que avisar del asesinato a la Policía y las Fuerza de Seguridad.

¿COSA DEL PASADO?
Como era de esperarse la noticia conmovió a la población israelí que había pensado ilusamente que este tipo de ataques había quedado en el pasado, en la década de los ochenta cuando era común que miembros extremistas del grupo al Fatah lograran infiltrarse y realizar misiones suicidas y asesinatos selectivos de civiles inocentes.

El gobierno israelí respondió al asesinato de la familia Fogel con el anuncio de la construcción de 500 nuevas viviendas en asentamientos judíos en Cisjordania. De inmediato, las autoridades israelíes salieron a condenar el brutal asesinato y uno de ellos fue el primer ministro Benjamín Netanyahu quien se acercó al hogar de los Fogel para ver a Tamar, quien aún en la niñez asumirá el papel de “madre” para sus otros hermanos: Roi (8 años) y Yisai (2 años), quienes se salvaron de la masacre al pasar la noche en la casa de sus abuelos.

“Los que hicieron esto no son seres humanos, son máquinas de matar. Gente que ha perdido toda humanidad. No somos tontos, entendemos con quién estamos tratando”, dijo el premier a la familia Fogel, en medio de las lágrimas.
Lo que más sorprendió, sin embargo, fue la reacción de la pequeña Tamar quien en un acto de pura sinceridad le replicó a Netanyahu: “¿Qué pasa si les haces algo?, ¿Estados Unidos te hará algo a ti?”, lo que provocó un momento de vacilación –y cierto bochorno– al jefe de gobierno.

“Ellos asesinan, nosotros construimos. Construimos en nuestra tierra”, declaró el primer ministro, quien enfrenta estos días una fuerte presión internacional y, en especial de Washington, para que cese la construcción de nuevos asentamientos en Jerusalén este y Cisjordania.
 
PUNTO FRÁGIL
Y es que el tema de los colonos judíos en Cisjordania ha sido uno de los puntos más frágiles de tratar en la larga historia de encuentros y desencuentros entre israelíes y palestinos.

No ha habido gobierno israelí que haya podido dejarlos a un lado y muchas veces se les ha incentivado, desde la derecha política y nacionalista, con la construcción de nuevas casas aun cuando las leyes internacionales no lo avalan.

Se calcula que en el pequeño territorio de Cisjordania hay aproximadamente 300,000 colonos judíos que viven en 128 asentamientos rodeados de una apabullante población árabe palestina de 2.5 millones.

Uno de estos asentamientos es Itamar, muy cerca de la ciudad palestina de Nablus, en donde unos cuentos miles de colonos convencidos de su papel histórico de repoblar de judíos la región esperan volver a la vida a las otrora regiones de Judea y Samaria. Ellos rechazan decirle Ribera Occidental o Cisjordania.

Según sus creencias, que pueden tener una explicación nacionalista o religiosa, esta región ha sido la cuna de la civilización judía por lo que es vital volver a ella y no dejarla a merced de los árabes.

El aumento de su presencia ha ocasionado la ira de los palestinos de los alrededores que ven en ellos a unos invasores que les roban sus tierras de cultivos, y se aíslan en sus colonias estableciendo una línea de seguridad que hace de los asentamientos unos verdaderos búnkeres.

Hay quienes aseguran que para firmar la paz en la región será necesario evacuar a los cientos de miles de colonos judíos de Cisjordania pero ello supondría un trauma muy grande para el país. Otros, en cambio, apuestan por una anexión a cambio de darles tierra en otras partes a los palestinos.

Sea cual sea la solución, Udi y Ruth Fogel no podrán ver crecer a sus hijos pero sus muertes servirán como terrorífico testimonio de la crueldad a la que pueden llegar los extremistas palestinos.

Quizá sea por esta razón que el gobierno israelí, en un hecho sin precedentes, decidiera publicar las imágenes de los asesinatos y alzar la voz ante un mundo que parece gritar cuando las víctimas son palestinas y callar cuando los muertos son judíos. Nunca más ha dicho Netanyahu, nunca más.




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